art : Artes
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Psicología Auditiva [Psicología de la Música]

Profesor adjunto
Ayudante de primera
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Cuatrimestre
1er Cuatrimestre
Modalidad
Promoción directa

La experiencia musical es parte constitutiva del desarrollo personal y social. La música colabora en la formación de identidades, con diferentes géneros y estilos haciendo de soporte en la construcción de la subjetividad, o cánticos e himnos específicos para consolidar lazos culturales y/o sociopolíticos (Hargreaves, 1991). Quizás más importante aún, se ha argumentado que la musicalidad es una competencia ganada evolutivamente, que facilita nuestro desarrollo psicológico y corporal, ayudándonos a ordenar nuestros pensamientos y acciones en el tiempo, la interacción con otros y con el entorno, y a desplegar nuestra sensibilidad y afectividad (Cross, 1999; Trevarthen, 1999/2000).

En línea con la idea de una musicalidad innata, la experiencia musical está atravesada por mecanismos perceptuales abajo-arriba (bottom-up). Estos mecanismos, automáticos y derivados de capacidades psicofisiológicas de procesamiento auditivo, regulan aspectos fundantes de la escucha, como la discriminación y categorización de los eventos de altura, y su organización temporal (Bregman, 1990; Roederer, 1995/1997), o incluso relaciones básicas (reflejas) entre percepción, cognición, afecto, y acción–e.g., el reflejo de auropalpebral (Northern & Downs, 2002). Luego, la información abajo-arriba se integra (en diferentes estructuras cerebrales) con informaciones aprendidas mediante procesos arriba-abajo (top-down), a lo largo de la vida. Típicamente, esta información es esquemática está alojada en una memoria a largo plazo, y da lugar a competencias cognitivas, afectivas, y comportamentales más sofisticadas, específicas de cada cultura (Marty, 1989; ver también Anta, Olivera, & Ramos, 2019).

En el marco de las músicas de tradición occidental (ya sean populares o académicas), sobresalen las competencias vinculadas a la comprensión de sus estructuras tonales y temporales. La cognición tonal depende de complejos procesos de inducción y abstracción de organizaciones esquemáticas de alturas que posibilitan atribuirle a uno u otro evento un significado o ‘función’ (e.g., Anta, 2015; Bharucha, 1987). Luego, una vez asignada, la tonalidad afecta la capacidad de memoria y anticipación del oyente, como así también sus juicios acerca de la coherencia y tensión que la música conlleva (Lerdahl & Krumhansl, 2007; Tillmann et al., 2000). Evidencia reciente sugiere que la educación formal juega un rol clave en el desarrollo de la comprensión tonal (Anta, 2013; Kristop, Moreno, & Anta, 2018). Por otra parte, la comprensión del ritmo y el tempo se funda en una intrincada red de procesos abajo-arriba/arriba-abajo de categorización e inferencia de intervalos de tiempo (Desain y Honing, 2003). Estas inferencias también afectan la memoria del oyente, y sus juicios acerca de la coherencia y estabilidad musical (e.g., Boltz, 1989).

Otras competencias se vinculan a la comprensión de parámetros musicales secundarios, como la dinámica y el timbre; el oyente también es sensible a estos parámetros, y gran parte de su experiencia musical depende de ellos (Meyer, 1989; Tillmann et al., 2006; Todd, 1992). Otras se vinculan a los modos en que las personas conceptualizan la música. La comprensión de la música, tan intangible y efímera, habitualmente conlleva el mapeo (e.g., la asociación) de la información sonora con otras informaciones más concretas, derivadas de la experiencia corporeizada del entorno físico (Brower, 2000; Zbikowski, 2002). El mapeo entre información sonora y visual es, por ejemplo, intrínseco a la experiencia multimedial, donde música e imagen se integran para generar significado (Cohen, 2013; ver también Anta, Olivera, & Ramos, 2019). Finalmente, otras competencias están vinculadas al uso de la música como medio de comunicación. La musicalidad colabora en la comunicación desde la temprana infancia (e.g., Trevarthen, 1999-2000). Ya en la vida adulta, tanto el compositor como el intérprete regulan su práctica en función de un ‘oyente modelo’, con relación al cual especulan acerca de las implicancias de su quehacer. Por ello, y si bien habitualmente la Psicología de la Música pone énfasis en la experiencia del oyente, un sinnúmero de fenómenos propios de la composición e interpretación caen dentro de su esfera de incumbencia (e.g., Marty, 1989; Meyer, 1956/2001). En este programa se atenderá también a estos fenómenos.