En el origen de la sociología y la antropología, como ciencias sociales, se puso en juego una diferenciación que no era ajena al hecho colonial, dedicándose una a las sociedades europeas y la otra a los denominados pueblos primitivos. En la actualidad, se preservan como estilos de investigación con semejanzas y distinciones en sus propuestas metodológicas y modos de acercarse a los fenómenos sociales. Aquella diferencia se preserva en la construcción misma de qué se entiende por arte, en qué sociedades se forjan obras artísticas y en cuáles tramas surge la artesanía o expresiones culturales. Recorrer los conceptos que se plantean en la materia, exige poner en cuestión los supuestos de las propias ciencias sociales, reponer su historicidad, y reconocer su carácter controversial.
Un objetivo fundamental de este programa es exponer la historicidad de toda teoría, producción e institución social, incluso el propio conocimiento, las categorías críticas y los conceptos. No pensar las ciencias sociales desde su supuesta asepsia científica, sino en el modo en que se traman con la lógica del poder y de la reproducción de la desigualdad social. Es decir, construir una mirada crítica doble, que evite la ingenuidad de sostener únicamente el carácter histórico de su objeto de estudio, mientras se preserva a sí misma de la deconstrucción necesaria.
Esto exige la presentación de distintos abordajes que pongan en tensión la presunta neutralidad de toda teoría. No porque ellos sean menos deudores del carácter situado de todo conocimiento, sino porque su perspectiva crítica nos obliga a estar alertas frente al origen eurocéntrico de gran parte de las concepciones sobre el arte y las ciencias sociales. El programa propuesto parte de la afirmación de una perspectiva latinoamericanista y feminista. Con el objetivo de hacer evidente lo que aparece con frecuencia ignorado por las propias ciencias sociales: la deuda con su inscripción europea y la naturalización del sexismo en la legitimación del conocimiento. No para proponer otra doxa, que invierta especularmente las dominantes, sino para deconstruir la doxa misma, proponiendo un pensamiento situado y una apuesta a investigaciones de reflexividad fuerte. Recuperar una perspectiva latinoamericanista no implica reivindicación identitaria ni nacionalismo metodológico, sino componer un mapa de tensiones y aportes singulares y situados.
Este esfuerzo no es ajeno a un movimiento general de las ciencias sociales -que recupera la crítica a la colonialidad del saber y a sus rasgos patriarcales- ni a la transformación misma en el campo del arte: Robert Fleck sostiene que un aspecto central de la globalización del arte es la incorporación de nuevas tradiciones, la lectura del pasado para encontrar aquello que los cánones de la modernidad habían postergado, y que esas tradiciones son las del arte latinoamericano y la de las artistas mujeres.
Ese movimiento implica construir otras bibliotecas, poner en juego bibliografías recientes o no canónicas, conformar mapas del conocimiento que al tiempo que diversifiquen la perspectiva de las ciencias sociales permitan desarrollar comprensiones críticas e historizadas sobre el campo artístico.
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